No hay nada.
No, nada.
¿Qué le pasa a mis voces? ¿Por qué se callan repentinamente?
La timidez inesperada me sorprende luego del suplicio de escucharme de manera continua. Momento, momentos.
Busco las razones que me faltan, o acaso me sobran, para que lo predecible se desvíe de su curso y me conduzca en un terreno anónimo de hoyuelos y, ¿qué era?
O puede ser, quizás, que me esté mintiendo y este sea en realidad mi estado innato y natural.
Que me falle el discernimiento de mí misma y me olvide de mi inconsciencia para creerme ser pensante o verdadero. Unitario, sin desquicio de pluralidad.
Mis textos pierden sentido ahora y aturdido mi simple proceder, la turbulencia de las noches o los días mezclados con penumbras ya no soy.
Meta - morfosis. Figuras que quebrantan sus esquemas, trascienden de los parajes de mis ojos. ¡Oh, mis entes! Cuántos son los tiempos perdidos y cuántas las niñas asesinadas.
No había venda que me cegara, mas el confuso proceder ajeno. Mis creencias o mis dioses, que no son más que ellas, que yo, caen o desaparecen en la asimilación del estado corporeidad.
Empiezan de nuevo el murmullo, aparecen de nuevo mis voces. ¿Qué hacía conmigo antes?
Otra vez soy campo de guerra, y mi soledad (de mí para conmigo misma) se disipa.
Y yo que creía estar volviéndome loca.
