Una vez más la soledad me inunda, una soledad que no se puede
expresar con palabras y que no ese puede evadir en letras. Estoy tan muerta que
ni el más despreciable gusano levanta la mirada cuando oye mi desandado
caminar.
Y no tengo a nadie, ¿por qué no tengo a nadie? Caigo
irremediablemente en el desagravio a los silencios que me susurran y me
arrastran al otro lado de la noche. Y hablo con mi muñeca, aun sabiendo que sus
oídos ya no pueden escucharme.
Yo soy de escribir cartas sin destinatario que se irán
pudriendo a medida que las ausencias me consuman y no haya grito que valga para
desatarme del indeseado destino. Soy tal murcio desecho del alma, que ni
lágrimas tengo para llorarlas. Sollozos, vacíos y noches eternas.
