domingo, 15 de diciembre de 2013

Gris marchitado.


Una vez más la soledad me inunda, una soledad que no se puede expresar con palabras y que no ese puede evadir en letras. Estoy tan muerta que ni el más despreciable gusano levanta la mirada cuando oye mi desandado caminar.
Y no tengo a nadie, ¿por qué no tengo a nadie? Caigo irremediablemente en el desagravio a los silencios que me susurran y me arrastran al otro lado de la noche. Y hablo con mi muñeca, aun sabiendo que sus oídos ya no pueden escucharme.

Yo soy de escribir cartas sin destinatario que se irán pudriendo a medida que las ausencias me consuman y no haya grito que valga para desatarme del indeseado destino. Soy tal murcio desecho del alma, que ni lágrimas tengo para llorarlas. Sollozos, vacíos y noches eternas.