Es común que en un momento determinado, mientras caminas pausadamente sobre el día merodeando de vez en cuando tus dudas inacabadas, te falte el aire y tengas que echarte a tus pies y aferrarte a las tristezas que los cubren.
Después de todo la costumbre te ha enseñado que la manera más efectiva de apegarte a tu existir, penoso y cansado, es el dolor de tu carne.
Cuerpos miserables que son puro estorbo físico, merecen sufrir para que aquello sagrado e intangible que contienen pueda expandir su esencia de bella nostalgia y errores irreprochables.
Un. Dos. Tres.
Pasan los segundos y las heridas se cierran, como si no fueran lo suficientemente desagradables por sí mismas.
Maldita sea, debes volver a arrancarte con las uñas esa molesta cáscara que cubre tus entrañas de manera traicionera.
¿Lo sientes? Ese sufrimiento es vida y mientras esté presente sabrás con seguridad que el pulso corre.
Mientras sigas liberándote de la pesada materia y te hagas vestidos de sangre, serás la iniciada de la belleza incompleta a la que le rindes un culto silencioso.
Sigue caminando el día, con dudas inacabadas y las sonrisas exigidas de manera advenediza.
Las marcas no se irán.
