Hubo un tiempo en el que creer lo era todo, y las personas volaban ocultando a los extraños sus penas para poder morir en paz rajándose el cuello en cualquier habitación de motel barato.
Hubo un tiempo en el que las personas tomaban turnos para derramar en algún turbio río todo el vómito que les permitía llevar la razón y luego, al marcharse, se sentían más livianos y capaces de fingir que sus vidas eran hipócritamente perfectas. Ellos nunca hablaban del vómito.
Hubo un tiempo en el que el amor era un bien privado y se podía pagar por él un tributo. Las gentes solitarias no eran más que desperdicio y los silencios no tomaban parte en las conversaciones.
Hubo un tiempo en el que nadie olía a nada, toda la mierda se camuflaba. La gente se esquivaba cuando caminaba con prisa y sólo se cruzaba en las esquinas cuando el asunto era de interés.
Hubo un tiempo en el que las trémulas manos sólo formaban parte de una condición física y nunca se profundizaba en las cavilaciones. Al fin y al cabo, ¿Quién podía sentir algo?
Hubo un tiempo en el que los divanes eran exclusivos de los incapaces de lidiar con sus vidas, y el hablar de sí mismo era oficio de pobres gentes débiles y de niños malcriados.
Hubo un tiempo en el que todos estaban ocupados, o querían estarlo, y en el que las palabras intercambiadas eran cortas. Nadie era devoto del uso de galimatías y figuras circundantes.
Hubo un tiempo en el que yo no era yo, era cualquier otro. Un tiempo en el que no tenía que dar explicaciones ni mendigar por respuestas.
Esos eran buenos tiempos.



