Cada una de mis pausadas palpitaciones es muestra de una aceptada cobardía. Son reflejos de muchos ríos rojos que perdieron su razón de ser en dramáticos ataques de sentimentalismos infantiles.
Si pudiera me desharía en golpes de inconsciencia y podría dejar que se derrumbaran todas las paredes que esconden los nudos de extrañas manos. Pero el asunto es más de deseo y, tal vez, de no seguir el consejo de los instintos más mundanos que pueda concebir como propios.
Estoy atada a mí misma, a mis respiraciones, y al frio de mis huesos. Escapar de mis grilletes sería inconcebible y su llave la llevo en las entrañas. Y aunque me hubieran dado las piernas más ágiles y el carácter más fuerte, sé que no habría podido huir del desasosiego de mis mañanas llenas de lágrimas y del descolorido andar de mis trazos.

Hablando con sinceridad es curioso leer a una mujer (se supone) y sentirse reflejado en sus palabras, nos hace darnos cuenta de que creemos únicos nuestros sufrimientos y que en verdad no lo son y mas aún nos hace ser conscientes de que el valor de importancia se ve anulado en su mayoría dado que amábamos a nuestro sufrimiento dado que era único. Cuando las cosas se generalizan pierden su encanto, ¿que curioso no? o ¿comienzan a tener mas sentido?
ResponderEliminarNo se puede esperar tener un sentir único cuando se conviven con tantos otros entes que son similares. Esto más aún cuando el cliché del fatalismo y del drama se ha visto generalizado. El encanto no necesariamente tiene que perderse con esto, es un asunto que tiene que ver más con darse cuenta de las singularidades propias al vivir un sentir perpetuado.
ResponderEliminarEstoy de acuerdo, pero entonces si piensas de ese modo que denota cierta pizca de entusiasmo, ¿por qué eres como medio fatalista en tus escritos?
ResponderEliminarYo escribo mis verdades.
ResponderEliminarummm, en fin...
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