Con o sin divagaciones mis dudas persisten. Con lo niña
chiquita que soy y lo sola que mantengo presiento que siempre me será ajeno el
origen de la fascinación de los entes en compañía. Como si realmente se pudiera
hablar sobre algo que se desconoce.
Solía decir que las caricias eran similares a las mentiras,
y si no se conocen no hieren. Pero soy una espectadora imparcial y consciente
de todas las cartas que pasan debajo de la mesa, el conocimiento me subyuga.
En un embrollo tremendo de cadenas y grilletes y llaves sin
cerradura y de hierro oxidado el aire tiene un humor naranja. Ya no soy ni en
mí, ni en él, ni en ti, ni en nadie, ni en todo.
No puedo aceptar que los otros cambien, yo quiero ser la
única que se de ese lujo de ser impredecible e irreconocible a cada vuelta de
esquina. Quiero ser la que confunde, no la confundida.
Ya me habían dicho “eres
caprichosa y controladora”, y entre risas dejé escapar el humo.
Y ahora soy una antítesis, pero no alcanzo a completar el
ejercicio dialéctico.

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