Me tapo la
cara con las manos y me rio como si estuviera acompañada. Apariencias equívocas
suelo despertar en los ajenos, y eso es lo que quiero. ¿Qué ganaría dejando que
vieran en mi espíritu cansado y testarudo?
En algunas
ocasiones las sonrisas eran falsas, aun cuando deseaba que fueran sinceras, en
otras simplemente salían por inercia y ni me interesaba el sentido de estas.
Pero cuando me atacaba la congoja, el vacío salía desparramado por mis poros y
no podía evitar que la hostilidad se viera reflejada en mi persona, integra y
sin atavíos.
¿Y quién si
no yo era capaz de hacerme miserable?
Palabras cortantes recibía de todos lados, me rodeaban en emboscada y me
atacaban, haciéndome creer que esa era la esencia de mi existencia. ¿Qué más,
si no ser miserable, podría descubrirme la musa eterna? Entonces me di cuenta
que los murmullos hirientes eran pronunciados con mi voz.
Yo y mi
voluntad perdida, las manos rasgadas de tanto caerse. Pero yo me sigo
levantando, terca como nunca he decidido despejar el panorama, destruir el
paisaje monótono que me había impuesto aquella que me hablaba al oído. No, no
quiero escucharla más, no quiero que me arranque las ganas de elevarme en
meditaciones, el gusto por el frío de las calles en las noches de poesía y el
café oscuro que me desvela de manera indecente. Me he enseñado nuevas maneras,
que la desesperación no es el único camino a mi verdad. Que no solo con dolor
se llega al límite que me permitirá ver más allá de la corporeidad, de la
superficialidad en lo cotidiano o a lo que quiero escapar. Me he salido del hueco, o por lo menos lo
estoy intentando.

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