sábado, 3 de agosto de 2013

Madrugada.

Las luces cegaban mi razón más que las sensaciones que recorrían mi cuerpo. El baile repetitivo de las almas tristes era el aroma predominante en el ambiente. Y me di cuenta que alguna vez quise y olvidé dejarme llevar, pero qué más da dar vuelta a la página y llorar a un cadáver.
Esto es lo que detesto de la música del eterno palpitar, me pone a pensar y al divagar me oscurezco, ¿qué estoy haciendo conmigo? Voces débiles me llegaban de fuera y me obligué a volver en mí. “Que te caes parce, que te caes”, y no pude evitar soltar la carcajada, que sonó más como un grito de auxilio.
¿Alguna vez ha sentido que se cae y no para de caer, aunque vea su cara contra el piso? A veces llegué a pensar que ese era mi estado natural y no me pude levantar, porque seguía cayendo.
La última certeza que me queda de esas noches es la imagen de mi cuerpo rígido ser levantado de esos charcos de orín y azufre que la ciudad daba a los pobres diablos que no seguían sus reglas. Yo era una de esos y no me arrepentía de serlo.
Yo solía vivir de las calles, de la suciedad que la sociedad desechaba, los que se dejaron consumir por la locura de querer conquistarse a sí mismos, fuera de los que creen que el dinero es elíxir de vida y el poder el viagra de los dioses. No, yo quería encontrar lo real.
Todo empezó con la persona, con la mentira que se esconde detrás de un traje o un diploma. ¿Y qué hay del sudor de la carne, del instinto de supervivencia que te empuja a arrancarte la humanidad y atacar a tu homólogo? Los recovecos de las mentes me llamaban a gritos y me escapé a donde creí podría encontrarlos. Nada de bibliotecas y aulas, yo quería baile de madrugada, y cajas de cartón por trono.
¿Qué más real y auténtico que la amenaza del no saber cómo despertar cada día y no separar por fechas la experiencia? Yo no quería pensar, porque me parecía pretencioso y me dedique a moverme, a buscar eso que me impulsara. Encontré gente que me ayudaba, metiéndome vainas raras en el cuerpo que me hacían volar y al despertar, encontraba mi mano moviéndose en los dedos del pie.
Cuando regresaba todo era peor, mi cerebro se abalanzaba a referenciar todo lo que sucedía y los vacíos los llenaba con historias que nunca me aseguré fueran verdad. Y me enojaba, porque el dejarse llevar me resultaba más tedioso que la consciencia de estar. Pero yo no me acercaba a lo que buscaba, antes se me hacía ajeno el primer paso del partir. ¿Y dónde estaban mis personas, dónde aquellos rechazados? ¿Qué me estaban haciendo?
Me dejé ir y creí conquistar la cima del mundo, cuando pura mierda era lo que llevaba por tiara.
En fin, soy niña descuidada y mis ojos inquietos se enredaron donde no debía. Ahora ni hablar puedo porque las palabras, de esas me faltan. Ahora ni hablar puedo, porque el aire me falta.

Y al final no pude ver.

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