Las luces cegaban mi razón más que las sensaciones que
recorrían mi cuerpo. El baile repetitivo de las almas tristes era el aroma
predominante en el ambiente. Y me di cuenta que alguna vez quise y olvidé
dejarme llevar, pero qué más da dar vuelta a la página y llorar a un cadáver.
Esto es lo que detesto de la música del eterno palpitar, me
pone a pensar y al divagar me oscurezco, ¿qué estoy haciendo conmigo? Voces
débiles me llegaban de fuera y me obligué a volver en mí. “Que te caes parce,
que te caes”, y no pude evitar soltar la carcajada, que sonó más como un grito
de auxilio.
¿Alguna vez ha sentido que se cae y no para de caer, aunque
vea su cara contra el piso? A veces llegué a pensar que ese era mi estado
natural y no me pude levantar, porque seguía cayendo.
La última certeza que me queda de esas noches es la imagen
de mi cuerpo rígido ser levantado de esos charcos de orín y azufre que la
ciudad daba a los pobres diablos que no seguían sus reglas. Yo era una de esos
y no me arrepentía de serlo.
Yo solía vivir de las calles, de la suciedad que la sociedad
desechaba, los que se dejaron consumir por la locura de querer conquistarse a
sí mismos, fuera de los que creen que el dinero es elíxir de vida y el poder el
viagra de los dioses. No, yo quería encontrar lo real.
Todo empezó con la persona, con la mentira que se esconde
detrás de un traje o un diploma. ¿Y qué hay del sudor de la carne, del instinto
de supervivencia que te empuja a arrancarte la humanidad y atacar a tu homólogo?
Los recovecos de las mentes me llamaban a gritos y me escapé a donde creí
podría encontrarlos. Nada de bibliotecas y aulas, yo quería baile de madrugada,
y cajas de cartón por trono.
¿Qué más real y auténtico que la amenaza del no saber cómo
despertar cada día y no separar por fechas la experiencia? Yo no quería pensar,
porque me parecía pretencioso y me dedique a moverme, a buscar eso que me
impulsara. Encontré gente que me ayudaba, metiéndome vainas raras en el cuerpo
que me hacían volar y al despertar, encontraba mi mano moviéndose en los dedos
del pie.
Cuando regresaba todo era peor, mi cerebro se abalanzaba a
referenciar todo lo que sucedía y los vacíos los llenaba con historias que
nunca me aseguré fueran verdad. Y me enojaba, porque el dejarse llevar me
resultaba más tedioso que la consciencia de estar. Pero yo no me acercaba a lo
que buscaba, antes se me hacía ajeno el primer paso del partir. ¿Y dónde
estaban mis personas, dónde aquellos rechazados? ¿Qué me estaban haciendo?
Me dejé ir y creí conquistar la cima del mundo, cuando pura
mierda era lo que llevaba por tiara.
En fin, soy niña descuidada y mis ojos inquietos se
enredaron donde no debía. Ahora ni hablar puedo porque las palabras, de esas me
faltan. Ahora ni hablar puedo, porque el aire me falta.
Y al final no pude ver.